
Dolor y voluptuosidad

El ahorcamiento simulado
Al contrario que en el caso de la flagelación, el ahorcamiento simulado es muy peligroso. Sin lugar a dudas, provoca la erección, y con frecuencia incluso la eyaculación, pero quienes se entregan a este vicio, generalmente solitario (aunque en Inglaterra hubo clubs de «colgados» hasta finales del siglo XIV), arriesgan la vida. Extremadamente débil y agotado por los desenfrenos y el abuso de la fellatio, Luis de Borbón, el último de los Condé, fue encontrado ahorcado por su propia mano (cuando, por otra parte, huía de los encantos de la baronesa de Feuchéres, que le parecían demasiado peligrosos). Se dijo que se había colgado accidentalmente de la falleba de la puerta de su habitación, pero el estado del cadáver no dejaba ninguna duda. «Princeps enim, ut diximus, erecto membro, sperma ejaculatus, inventus est», dijo el forense en su informe. ¿Cabe acaso dar detalles más concretos?
Afortunadamente, los casos de ahorcamiento erótico seguido de muerte son infrecuentes. En general, la prensa los ignora o se refiere a ellos como suicidios, basándose en el informe de los expertos. No obstante, el doctor Béroud, de Marsella, destaca el caso de un masoquista que fue encontrado a finales de 1948 con los muslos totalmente manchados. Y añade:
«No hace mucho se ha producido un caso similar en una ciudad del Oeste, el de un masoquista que, despreciando los encantos de su joven esposa, mostraba sus preferencias por un complicado arsenal en el que figuraban seis collares de perro, cuatro ganchos de carnicero, un látigo y correas de cuero. Lo encontraron colgado de un collar de perro y completamente desnudo. Lo único que llevaba eran unas gafas de automovilista.»
En junio de 1966 se encontró a un muchacho de dieciséis años en los bosques de Issenheim, en el Alto Rhin, con una cuerda atada a los órganos sexuales. Mencionemos también el caso del pinche travestido de Ligny-en-Barrois, que nunca fue esclarecido.
El cinturón de castidad
La libertad de que goza hoy en día la mayoría de mujeres explica la escasez de casos de secuestro y violencia corporal. De cualquier modo, todavía existen maridos que, cegados por un ataque de celos morbosos, son capaces de recorrer innumerables tiendas en busca de un cinturón de castidad, de atar a su esposa a los barrotes de la cama o de hacerle llevar pistones de motor de explosión en los tobillos. Una vez conocidos, estos casos producen risa, ya que no se reflexiona en el aspecto patológico de la cuestión. La evocación del cinturón de castidad suscita inmediatamente la hilaridad. Se piensa en lo ridículo del objeto y en el exceso de precauciones inútiles por parte del celoso, la mayoría de las veces burlado. Se compadece al amante fogoso, cuyas demostraciones de ternura son castigadas por una doble cuchilla, como escribe A. Piron en Le Bougie de Noél:
De los dos resortes, la bella sujetaba uno, el amante el otro, y en esta aventura
la serpiente sostiene con firmeza
[la unión de ambos, y se sumerge al instante con viveza
en el sueño de la voluptuosidad.
Este doble acercamiento hace
[abandonarse, olvidarse,
estar dispuesto a perder la vida,
no pensar en nada, sino sentirlo todo,
y en este transporte tan poderoso,
en medio del calor que la inflama,
la serpiente acaba siendo víctima funesta
de las cuchillas liberadas, y este lugar tan bello, trono de sus placeres,
se convierte en su tumba.
Se olvida con demasiada frecuencia el consentimiento de la mujer, que, como se señala en la Historia de O, la convierte en un objeto a disposición exclusivamente del placer del señor, cuando el señor decide entregarse a él. Inventado por Francois de Carrare en el siglo XIV, el cinturón es mencionado por Rabelais y Brantóme. El primero nos muestra a Panurgo colocando a su mujer un «bergamasco»; el segundo nos narra el caso de un cerrajero que, por intentar vender tales cinturones fue amenazado de muerte y, finalmente, desapareció. En la Enciclopedia, Diderot lo describe en los términos siguientes:
«Es un presente que un marido celoso hace a veces a su mujer al día siguiente de la boda. Este cinturón está formado por dos láminas de hierro muy flexibles, ensambladas en forma de cruz y cubiertas de terciopelo; una de estas láminas rodea el cuerpo a la altura de los riñones; la otra pasa entre los muslos y su extremo se une con los dos de la primera lámina; un candado, del que hay una sola llave, la cual está en poder del marido, cierra los tres extremos.»
La confección del cinturón en todas las épocas, con los pretextos más diversos (la moral, el respeto a los tabúes sociales, la decencia más elemental), indica la persistencia de una manía sexual caracterizada. Esta sencilla pero auténtica descripción del abogado Freydier, de Nimes, nos proporciona una prueba de ello:
«Es una especie de calzón bordado y con mallas, con numerosos hilos de latón entrelazados unos con otros, formando un cinturón que remata, por delante, con un candado cuya llave sólo tiene el señor Berlhe. Este artilugio que constituye el recinto de la prisión de la cual él es el carcelero, tiene diferentes costuras que permanecen ocultas, de trecho en trecho, por precintos de lacre cuyo sello tiene el señor Berlhe» (contra la introducción de los candados o cinturones de castidad en Francia, en favor de la señorita Marie Lajon, acusadora, 1750).
Los celos del esposo no lo explican todo. Lo importante es reducir a la mujer, envilecerla de algún modo, hacerle sentir que depende por entero del poseedor de la llave. Y el principio se aplica tanto a la amante como a la esposa, la matrona o la hija impúber. En 1869, un fabricante de bragueros inventó un aparato «guardián de la fidelidad», que un notario de Aveyron avaló moralmente con el siguiente programa, que vale su peso en candados:
«Semejante invento no necesita elogios, ya que todo el mundo sabe el servicio que puede prestar. Gracias a él se podrá poner a las jóvenes a salvo de esos desgraciados que las cubren de vergüenza y sumen a las familias en el duelo. El marido dejará a su esposa sin temor de ser ultrajado en su honor y su afecto. Terminarán infinidad de discusiones e ignominias. Los padres estarán seguros de su paternidad y les será posible tener bajo llave cosas más preciosas que el oro… En una época de desórdenes como la que vivimos, hay tantos esposos burlados, tantas madres engañadas, que he creído hacer una buena acción y prestar un servicio a la sociedad, ofreciéndole un invento destinado a proteger las buenas costumbres» (Mandato de buscadores y curiosos).
A mediados del presente siglo, el uso del cinturón aún no había desaparecido: en 1957, un joyero de Chátellerault (¡lejos de Sicilia o de Marruecos!) amenazó a su esposa con un revólver y precintó su carne con un magnífico anillo de oro para impedir que pudiera pertenecer a otro hombre. Al hacerse pública su ridícula conducta, se vio abocado al suicidio.
Mucho más cruel fue el método de venganza empleado por un médico annamita con una amante infiel. El informe forense del doctor Dubois (Saigón, 1893) dice:
«Tuvo la infernal idea de aprovechar que dormitaba a la hora de la siesta, para introducirle en la vagina un trozo de madera dura, tallado en forma de miembro viril y provisto de una corona de varillas de hierro, cuyo extremo libre, muy acerado, una vez introducido debía dirigirse contra las paredes del conducto y, por estar orientado hacia la vulva, hundirse en ella al menor intento de extracción. Como se puede suponer, los desgarrones que sufrió la desdichada fueron espantosos.»
El masoquismo se traduce en una búsqueda permanente de la esclavitud y la humillación. El individuo se somete al látigo, a las espuelas, al pisoteo de alguien más fuerte que él, en busca más de la brutalidad que de las caricias o los abrazos. En eso reside la aberración. Sacher Masoch, a quien debe el nombre, prefiere con mucho el brazo que blande el látigo a los senos o la grupa de su pareja. Sin embargo, como no carece de buen gusto, exige que ésta sea atractiva y capaz de excitar la pasión de otros hombres, a los que está en su perfeccto derecho de entregarse cuando le plazca. En ocasiones, el amante (o esposo) goza con la idea de ser engañado e intenta comprobar el hecho en la medida de lo posible. Sobre este punto la prensa publica anuncios significativos: pareja viciosa busca azotador, etcétera.
El secuestro, forma atenuada del suplicio del in pace, reviste un carácter masoquista, ya que a menudo se produce con el consentimiento de la víctima. A título de ejemplo, citemos el caso de Mélanie Bastian, secuestrada de Poitiers cuya historia fue tan bien descrita por André Gide, y que no es sino una reclusa voluntaria que se regodea en la suciedad de un tugurio al que denomina su «pequeña y querida cueva». Mística e infantil, acepta perfectamente su destino de esquizoide. En Los secuestrados de Altona, Frantz von Gerlach acepta también su suerte. Sus razones son muy diferentes, pero subsiste el mismo deseo de evadirse del mundo, de los remordimientos y de las responsabilidades que implica la vida normal. En la mayoría de los casos examinados, las secuestradas (hay predominio de mujeres) son anormales o alienadas a quienes su familia intenta ocultar a las miradas ajenas. Otras aceptan por amor la existencia sórdida que su marido o su amante les dispensa, hasta que un día las encuentran con el pubis rasurado y el cuerpo acribillado de equimosis, tal como le sucedió a Rose-Marie Focan, muerta a los veintiún años a consecuencia de los golpes recibidos. Así pues, víctima y verdugo son cómplices, y las torturas sexuales (quemaduras en los pechos, pinchazos, flagelación) que acompañan al secuestro son aceptadas de buen grado. La complicidad sadomasoquista incita a la víctima, siempre dispuesta al «sacrificio», a ocultar su estado de servidumbre en su entorno inmediato. Sin embargo, esta relación deja de funcionar cuando el verdugo se cansa de golpear o siente deseos de cambiar de pareja. A veces, la mujer tarda dieciocho años en reaccionar, como aquella dama de Danneval, de la que Sébastien Rouillard pidió el divorcio a finales del siglo XVI:
«… Al ver violados la fe conyugal y el pudor del lecho nupcial, su resentimiento fue mucho mayor de lo que había sido mientras permaneció sacrosanta e inmutable. Y lo fue tanto que ese desconsuelo incrementó por otra parte la indignación de su marido, hasta el extremo de que hubiera podido considerársela como prisionera en una habitación, junto con su hija, privadas ambas de todas las comodidades que ofrece la vida, despojadas de todos los atavíos que se concedían a otros, y desprovistas de cuanto les era necesario para su uso y disfrute… Y su marido, pervertido por las malas compañías, se entregó a infligirle un sinfín de excesos, ultrajes y contusiones en muchas partes del cuerpo, según testificaron los cirujanos.»
Las mutilaciones
Las mutilaciones y torturas destinadas a incrementar el goce son tan abundantes que su enumeración resultaría fatigosa. La circuncisión, la subincisión de la verga o la infibulación del prepucio son moneda corriente en los pueblos que temen la impotencia o un imaginario encogimiento del pene. Según sus creencias, los dioses del mal o los sortilegios pueden provocar en cualquier momento la castración o la desaparición mágica de los genitales. Antiguamente, los chinos utilizaban una balanza de boticario para evitar que el miembro se retrajese por completo, y los bahiraguis de la India se ataban al pene un enorme peso que arrastraban con ellos. Todavía se llevan a cabo numerosas prácticas de este tipo con la finalidad de provocar la excitación. Entre ellas cabe mencionar las incisiones, las escarificaciones y la introducción de agujas en la uretra y de cuerpos extraños en el ano. Sin olvidar los pinchazos en los testículos (que, a la larga, quedan más duros que un pergamino antiguo) y los cortes en el escroto a los que tan aficionados son los amantes de las armas blancas y los cuchillos.
Los individuos pervertidos por el ejemplo o la fantasía no se conforman con estas prácticas un tanto extrañas. Buscan la compañía de un ser muy diferente, aunque complementario, que pueda satisfacer sus aspiraciones masoquistas o sádicas. Por otra parte, llegado el caso ambas tendencias se imbrican y completan, tal como pone de manifiesto este pasaje extraído de las obras de Coelius Rhodiginus, en el que ya no se sabe si se busca la voluptuosidad en sí misma o una puesta en escena apropiada:
«No han transcurrido demasiados años desde la época en que existió un hombre de una lascivia que no sólo se aproximaba a la del gallo, sino que llegaba a un exceso tal que hubiera sido difícil de creer, a no ser por el testimonio de personas dignas de crédito. Cuantos más vergajazos recibía, más ardoroso se mostraba en la acción. Y lo más extraño es que no era posible decidir qué deseaba con mayor avidez, si el látigo o el coito, aunque siempre parecía que su placer aumentaba con los golpes. Así pues, rogaba con insistencia que le azotaran con un látigo que mantenía todo el día sumergido en vinagre. Y si el azotador lo trataba demasiado delicadamente, se enfurecía y le cubría de insultos, sin que considerase nunca que había recibido demasiado hasta que no manaba sangre.
»Fue, si no me equivoco, el único hombre que haya sufrido al mismo tiempo el pesar y el goce del placer, puesto que a través del dolor sentía cosquilleos agradables y, por este medio, saciaba o inflamaba la desazón de la carne. Pero lo más sorprendente es que no ignoraba la criminalidad de esta nueva especie de ejercicio, que se odiaba a sí mismo por ello y que lo combatía con todas sus fuerzas. Sin embargo, estaba tan acostumbrado a esta práctica que no podía prescindir de ella, aunque la desaprobara. La tenía tan arraigada en su corazón desde la infancia, cuando se abandonaba al placer de la carne con sus compañeros después de haberse excitado con los azotes, que le resultó imposible abandonarla nunca más» (citado por el abate Boileau, pp. 296-298).
Necrofilia
Al hablar de este tipo de coleccionismo abordamos una nueva perversión instintiva, la necrofilia, cuyas variantes sádicas guardan relación con el tema que estamos tratando. Cabe entender —quizá con dificultad, pero de un modo razonable— que algunos criminales experimenten una sensación de voluptuosidad al matar en el momento de la unión sexual o inmediatamente después. Estaban tratando con un ser vivo sensible, capaz de experimentar un sentimiento de dolor y de manifestarlo. Los gritos, el llanto y los sobresaltos excitaban un ardor sexual que sólo conseguían calmar matando. En ocasiones, la disección aparecía como el corolario supremo de la carnicería, o como la conclusión del prurito. Ahora bien, según hemos visto ya, hay criminales que conservan algo de los restos de sus víctimas: Haarmann guardaba algunos huesos, Vacher y Jack el Destripador, una parte de los órganos genitales, y Gilles de Rays celebraba concursos de cabezas cortadas.
«Besaba a los niños muertos —confesó el 22 de octubre de 1440—, y a los que tenían la cabeza y los miembros más hermosos, los ofrecía a la contemplación, y llevaba su crueldad al extremo de hacer que les abrieran el cuerpo para deleitarse con la visión de sus órganos internos. Y lo más común era que, cuando los niños morían, se sentara sobre su vientre y se complaciera viéndoles morir, en medio de grandes risas…»
La flagelación, la disección y las quemaduras parecen juegos de niños comparados con estas fantasías que tienen la muerte como blanco y pasatiempo favorito. En estos casos, la excitación amorosa se basa en el recuerdo de un ser desaparecido del que se ha obtenido un fugaz placer. Así pues, ¿a qué matar, si el desmembramiento corporal basta para aplacar los sentidos, si la mera contemplación del cadáver excita la imaginación destructora y morbosa? Como muy bien ha observado Burdach, la lubricidad está más relacionada con la satisfacción de los sentidos que con el alivio de los testículos. Esta consideración encaja de maravilla con los necrófilos, entre los cuales debería incluirse a buen número de verdugos, y de aficionados a las emociones fuertes. En el pasado, en el depósito de cadáveres de París, «cuando cada cual había apurado su copa, la gente se dirigía a la sala principal y asistía al espectáculo que ofrecía el encargado, quien actuaba con la precisión del forense que practica las autopsias judiciales. Por ejemplo, hundía una aguja gruesa en el abdomen del cadáver, prendía fuego al gas mefítico que fluía por el agujero y, apagando las demás luces, lograba un efecto lumínico de lo más vistoso… Los cadáveres de varones eran los más apreciados. El cuerpo de un hombre que hubiera permanecido seis semanas bajo el agua ofrecía las mejores condiciones para el espectáculo: en lugar de practicarle la punzada en el vientre, como a las mujeres, le pinchaban en las partes sexuales, en medio del delirio de la concurrencia. Se hacían apuestas sobre la mayor o menor duración de estos fuegos artificiales tan peculiares y, así, los muertos divertían a los vivos» (Macé, Mon Musée Criminel, p. 108).
Los prostíbulos de lujo ofrecían a su clientela voluptuosidades de ultratumba… o cuando menos un anticipo de las mismas.
«La pasión de un alto dignatario eclesiástico, prelado in partibus que residía cerca de París, eran los cadáveres. Entraba vestido de seglar en su lupanar habitual y, una vez dentro, recuperaba su aspecto normal gracias a una sotana que tenían reservada para su uso exclusivo. Previamente, habían dispuesto para él una habitación tapizada enteramente de terciopelo negro tachonado de lágrimas de plata, donde una mujer empolvada de blanco, para imitar la palidez de la muerte, yacía inerte en la cama. Grandes candelabros de plata, con largas velas, iluminaban esta escena tenebrosa con un resplandor lúgubre. El prelado maníaco se arrodillaba a la cabecera de la cama y mascullaba palabras incomprensibles como si estuviera entonando un salmo fúnebre. En un momento dado, se abalanzaba sobre la seudodifunta, que tenía la orden de no realizar un solo movimiento pasara lo que pasase…» (Léo Taxil, La prostitutioi contemporaine, París, 1884, p. 171).
En más de una ocasión, este simulacro dejó de serlo y se utilizó un cadáver auténtico. Según cuenta Herodoto (Libro II, cap. 89), en Egipto procuraban no entregar en seguida los cuerpos de las personas de rango a los embalsamadores. En épocas posteriores, vigilantes de cementerios, guardianes de las aulas de anatomía y «plañideros» pervertidos mancillaron más de un cuerpo confiado a su custodia. Victor Ardisson, el «vampiro del Muy», llegó a ser un experto en este tipo de ejercicios. Enterrador de profesión, absolutamente amoral de vocación y, por añadidura, anósmico, abusó de un centenar de vírgenes, matronas y ancianas, parte de cuyos restos conservaba. Incluso mantenía conversaciones —o más bien monólogos— con las muchachas que desenterraba.
«Me enteré —nos cuenta en una especie de confesión espontánea— de que una joven en la que me había fijado estaba gravemente enferma. Esta noticia me causó un gran placer y me juré poseerla cuando estuviera muerta. Tuve que esperar varios días, con gran impaciencia por mi parte. Día y noche, aquella joven se me aparecía viva, y cada vez que sucedía esto tenía una erección.
»Cuando supe que había muerto, pensé en exhumarla la misma noche de su entierro… Me satisfizo tanto que me oriné sobre el cadáver, y luego decidí llevármelo a casa. Durante el trayecto, abrazaba el cuerpo y le decía: “Te llevo a casa. Allí estarás bien, no te haré ningún daño”… Hasta el momento de mi detención, pasé todas las noches con ella. Durante todo ese tiempo no se produjo la muerte de ninguna muchacha. En caso contrario, habría llevado también el cadáver a mi casa. Lo hubiese acostado junto al otro y los hubiera acariciado a ambos. No olvidaba la cabeza cortada (de una chiquilla) y, de vez en cuando, iba a besarla.»
Como a Vacher, y como a tantos otros, a Ardisson le dedicaron una «copla». He aquí un fragmento:
Semejante monstruo de sadismo, no ofrece el menor interés.
Aunque se invoque el atavismo, es culpable sin vacilación.
¡Violar a los vivos ya es despreciable!
Pero violar cadáveres
es todavía más espantoso.
Por eso están tristes los franceses,
¡porque los franceses respetan la muerte!
Imaginar que un cadáver pueda hablarnos, respondernos y experimentar alguna voluptuosa sensación a nuestro contacto, es síntoma de locura y de una grave desviación de la conducta. También lo es creer que ese cadáver pueda sufrir cuando lo desmembramos con más voluptuosidad de la que experimentaríamos violándolo. El impulso de descuartizar que sentía el sargento Bertrand, tenía su origen en un sadismo precoz y en las mutilaciones infligidas a los animales. Procedente de una familia acomodada, hombre apuesto y seductor, con incontables destinos en diferentes guarniciones, Bertrand sólo experimentaba auténtico placer cuando desarticulaba cadáveres que desenterraba de las tumbas con sus propias manos.
«… La primera víctima de mi pasión fue una joven cuyos miembros dispersé después de haberla mutilado. Esta profanación tuvo lugar el 25 de julio de 1848… Lo demás sucedió en un cementerio donde se da sepultura a los suicidas y las personas muertas en hospitales. El primer individuo que exhumé en este lugar fue un ahogado al que sólo le abrí el vientre… Hay que subrayar que nunca he podido mutilar a un hombre, casi nunca los tocaba, mientras que cortaba a una mujer a trozos con un placer extremo. No sé a qué atribuir este hecho… Al principio, me entregaba a los excesos de los que he hablado cuando estaba un poco bebido, pero más adelante ya no tuve necesidad de excitarme con la bebida; cualquier contrariedad bastaba para impulsarme al mal.
»Por lo que he contado, podría creerse que también me sentía inclinado a hacer daño a los vivos. Pero, muy al contrario, era sumamente afectuoso con todo el mundo y no habría podido hacer daño a un niño. También estoy seguro de no tener un solo enemigo; todos los oficiales me apreciaban por mi franqueza y mi amabilidad» (fragmentos de una nota redactada por Bertrand).
El hombre es un monstruo. No sólo se ensaña con animales inocentes, con sus compañeras, con su descendencia, sino que llega a recurrir a los cadáveres para aplacar una insaciable sed de placer. Su deseo no conoce ni lugar, ni hora, ni estación. Sufre su tiranía del mismo modo que sufre la de una violencia que le conduce a la tortura y las depravaciones. Eros está más unido que nunca a Thanatos. Para que nos hablen luego de los buenos salvajes, del imperativo categórico, de la moral innata…
EJEMPLO DE LA ESTRECHEZ O PEQUEÑEZ
DE LA MATRIZ
TAMBI É N se forman monstruos debido a la estrechez del cuerpo de la matriz, del mismo modo que vemos que una pera unida al árbol, colocada en un recipiente estrecho antes de que crezca, no puede alcanzar su desarrollo completo; esto lo saben también las señoras que crían perrillos en cestas pequeñas o en otros recipientes estrechos, para impedir su crecimiento. Del mismo modo, la planta que nace del suelo, al encontrar una piedra u otro objeto sólido en el lugar en el que brota, se tuerce, engorda por un lado y es débil por otro; igualmente, los niños salen del vientre de su madre monstruosos y deformes. Pues dice [Hipócrates] que un cuerpo que se mueve en lugar estrecho, por fuerza, ha de volverse mutilado y defectuoso. De modo semejante, Empédocles y Dífilo lo han atribuido al exceso o al defecto y corrupción del semen, o a la mala disposición de la matriz; lo que puede ser cierto por analogía con las cosas fusibles, en las que, si la materia que se quiere fundir no está bien cocida, purificada y preparada, o si el molde es desigual o está mal dispuesto por cualquier otra causa, la medalla o efigie que sale de él es defectuosa, fea y deforme.
EJEMPLO DE LOS MONSTRUOS QUE SE FORMAN
POR HABER PERMANECIDO LA MADRE DURANTE
DEMASIADO TIEMPO SENTADA, CON LOS MUSLOS
CRUZADOS, O POR HABERSE VENDADO Y APRETADO
DEMASIADO EL VIENTRE DURANTE SU EMBARAZO
A. veces sucede también, accidentalmente, que la matriz es bastante amplia por naturaleza, pero que la mujer encinta, por haber permanecido casi siempre sentada durante el embarazo y con los muslos cruzados, como lo hacen con frecuencia las modistas o las que realizan labores de tapicería sobre sus rodillas, o por haberse vendado y oprimido en exceso el vientre, los niños nacen encorvados, jorobados y contrahechos, y algunos con las manos y pies torcidos, como lo ves en esta imagen [Fig. 29].
Imagen de un prodigio, un niño petrificado que fue hallado en el interior del cadáver de una mujer en la ciudad de Sens, el 16 de mayo de 1582, teniendo ella sesenta y ocho años, y después de haberlo llevado en su vientre durante el tiempo de veintiocho años [Fig. 30]. El niño estaba casi totalmente recogido en una bolsa pero aquí está representado en toda su longitud, para mostrar mejor el aspecto entero de sus miembros, a excepción de una mano, que era defectuosa.
Esto puede confirmarse con el testimonio de Matías Cornax, médico de Maximiliano, rey de romanos, quien relata que asistió en persona a la disección del vientre de una mujer, que había llevado a su hijo en la matriz por espacio de cuatro años. También Egidius Hertages, médico en Bruselas, menciona a una mujer que llevó en sus flancos, durante trece años cumplidos, el esqueleto de un niño muerto. Johannes Langius, en la epístola que escribe a Aquiles Bassarus, da también testimonio de una mujer, procedente de un pueblo llamado Eberbach, que expulsó los huesos de un niño muerto en su vientre diez años antes.