BIZARRO, MONSTRUOSIDADES

AMBROISE PARE, De los monstruos voladores…

ESTE pájaro es llamado avestruz, y es la mayor de las aves, teniendo características semejantes a las de los cuadrúpedos . Es muy común en África y en Etiopía y no abandona la tierra para remontarse, aunque aventaja en rapidez a un caballo; es un milagro de la Naturaleza, el hecho de que este animal digiera indistintamente cualquier cosa. Sus huevos son de tamaño prodigioso, hasta el punto de que con ellos se hacen recipientes; su plumaje es bellísimo, como cualquiera puede ver y reconocer en este retrato

 

 

 

 

No quiero silenciar los extraordinarios rasgos que descubrí en lo tocante a los huesos del avestruz. El difunto rev Carlos mandó criar tres en la residencia del señor mariscal de Retz; al morir uno de ellos, me fue entregado y monté su esqueleto, cuya imagen he querido insertar aquí con su descripción [Fig, 70].

A.     La cabeza es un poco más voluminosa que la de la grulla, de una cuarta de largo desde la parte superior hasta el pico; es plana, con el pico hendido hasta la mitad del ojo más o menos, y aquél algo redondeado en su extremo.
B.     El cuello tiene tres pies de longitud y está compuesto por diecisiete vértebras, que tienen a cada lado una apófisis transversal orientada hacia abajo, de una pulgada amplia de largo, salvo que la primera y la segunda junto a la cabeza carecen de ella y están unidas por una articulación.
C.     La espalda, de un pie de largo, está compuesta por siete vértebras.
D.     El hueso sacro mide dos pies.más o menos de longitud, \ en su pane superior hav una apófisis transversal, bajo la que existe un gran orificio (E), y luego otros tres menores (F, G, H); a continuación de éstos, está el alojamiento donde encaja el hueso del muslo (I), saliendo de su parte externa lateral un hueso perforado (K) al principio, y unido a continuación; después, este hueso se bifurca: una de las ramas es más gruesa (L), y la otra menor (M), midiendo cada una medio pie y cuatro dedos de largo. Luego se unen, y, entre el punto en que se bifurcan y el lugar en que se juntan, hay un hueco de cuatro dedos de ancho (N) y más de una cuarta de largo; el resto del hueso tiene la forma de una hoz, o de un cuchillo curvo, con una anchura de tres dedos atravesados y una longitud de seis pulgadas (O), uniéndose en el estremo mediante un cartílago. P. El hueso de la cola tiene nueve vértebras parecidas a las del hombre. Kn el muslo hay dos huesos, de los que el primero (Q), el fémur, tiene holgadamente un pie de largo y el espesor del de un caballo, y más. R. El otro, que le sigue, mide un pie y medio de largo y tiene arriba una pequeña pieza afilada de la longitud del hueso, que va aguzándose hacia abajo.
S. La pierna, a la que va unido el pie, mide un pie y medio de largo, y tiene en su extremidad dos garras, una grande y otra pequeña; en cada garra hay tres huesos. T. Ocho costillas se insertan en el hueso esternón; a cada lado, las tres de en medio tienen una excrecencia ósea que se parece a un garfio. V. El hueso esternón es una pieza de un pie. de tamaño y de forma de escudo, al que se une un hueso que cabalga sobre las tres primeras costillas, y que hace las veces de clavículas. X. El primer hueso del ala mide un pie y medio de largo. Y. Por debajo de él hay otros dos huesos que se asemejan al radio y al cubito, a cuyos extremos se acoplan seis huesos (Z), que constituyen la punta del ala.
El animal entero mide siete pies de largo y más de siete de alto, partiendo del pico y terminando en los pies.
Tiene otros varios aspectos notables, que omito por brevedad.
Thevet, en su Cosmografía, dice haber visto en las nuevas tierras un ave que los salvajes llaman en su jerga tucán, muy monstruosa y deforme, ya que tiene el pico mis grueso y más largo que todo el resto del cuerpo. Vive de pimienta, igual que nuestros tordos, mirlos v estorninos lo hacen aquí de semillas de hiedra, que no son menos ardientes que la pimienta. Un caballero de Provcnza regaló un tucán al
difunto rev Carlos IX, pero no pudo hacerlo vivo, pues al traerlo murió el pájaro, y, no obstante, se lo presentó al rey; éste, después de haberlo visto, ordenó al señor mariscal de Retz que me lo entregara para disecarlo y embalsamarlo, con el fin de conservarlo mejor, pero al cabo de muy poco tiempo se pudrió. Por el tamaño y el plumaje, era semejante a un cuervo, salvo que el pico era mayor que el resto de su cuerpo, de color amarillento, transparente, muy ligero y dentado a la manera de una sierra, l.o conservo como algo casi monstruoso, y aquí tienes representada su imagen [Fig. 71].

 

 

 

 

 

 

 

Hierosme Cardan, en sus libros de la Sutilidad, dice que en las islas Molucas se encuentra, en tierra o en la mar, un pájaro muerto llamado Manucodiata, que significa en lengua índica ave de Dios , y al que no puede verse con vida. Vive muv alto en los aires, v su pico y su cuerpo recuerdan a la golondrina, pero con el adorno de diversas plumas; las que se hallan en la cabeza son semejantes a oro puro, y las del buche a las plumas de una pava. No tiene patas, y si le asalta el cansancio, o bien desea dormir, se cuelga de las plumas, enroscándolas a la rama de algún árbol. Vuela a portentosa velocidad y sólo se alimenta de aire y de rocío. El macho tiene una cavidad en la espalda, donde la hembra incuba sus polluelos. He visto uno en esta ciudad, que regalaron al difunto rev Carlos IX; también conservo uno en mi gabinete, que me dieron como algo excelente (Fig. 72).

 

BIZARRO

Konstantin Raudive, Padre de la psicofonia.

EL alemán Konstantin Raudive completó y perfeccionó has­ta el virtuosismo el método des­cubierto por Jürgenson para gra­bar «las voces de los muertos», de modo que se le considera el padre de las psicofonias. Los ex­perimentos de Raudive, llevados a cabo con la valiosa colabora­ción de varios ingenieros de so­nido y científicos de primera ta­lla, como el físico del Instituto Saint Gall Alex Scheneider, cris­talizaron en un increíble informe, acompañado de un disco, que se publicó en 1968 bajo el título de «Lo inaudible se hace audible siguiendo las huellas de un mun­do de espíritus».

Entre las sorpresas aportadas por las experiencias de Raudive figuran las muy insólitas de que las «voces» se manifiesten a tra­vés del magnetófono, incluso cuando este se encuentra en una habitación completamente vacía. De la lectura del libro de Raudi­ve se desprende que éste, como Jürgenson, creía que las «voces» procedían de seres desencarna­dos, los cuales se dirigían a él personalmente tratando de ad­vertirle algo. Algunos de estos «espíritus» eran” de su familia.
BIZARRO, MONSTRUOSIDADES, TORTURA

Dolor y Voluptuosidad, El masiquismo y las mutilaciones

El masoquismo se traduce en una búsqueda permanente de la esclavitud y la humillación. El individuo se somete al látigo, a las espuelas, al pisoteo de alguien más fuerte que él, en busca más de la brutalidad que de las caricias o los abrazos. En eso reside la aberración. Sacher Masoch, a quien debe el nombre, prefiere con mucho el brazo que blande el látigo a los senos o la grupa de su pareja. Sin embargo, como no carece de buen gusto, exige que ésta sea atractiva y capaz de excitar la pasión de otros hombres, a los que está en su perfeccto derecho de entregarse cuando le plazca. En ocasiones, el amante (o esposo) goza con la idea de ser engañado e intenta comprobar el hecho en la medida de lo posible. Sobre este punto la prensa publica anuncios significativos: pareja viciosa busca azotador, etcétera.

El secuestro, forma atenuada del suplicio del in pace, reviste un carácter masoquista, ya que a menudo se produce con el consentimiento de la víctima. A título de ejemplo, citemos el caso de Mélanie Bastian, secuestrada de Poitiers cuya historia fue tan bien descrita por André Gide, y que no es sino una reclusa voluntaria que se regodea en la suciedad de un tugurio al que denomina su «pequeña y querida cueva». Mística e infantil, acepta perfectamente su destino de esquizoide. En Los secuestrados de Altona, Frantz von Gerlach acepta también su suerte. Sus razones son muy diferentes, pero subsiste el mismo deseo de evadirse del mundo, de los remordimientos y de las responsabilidades que implica la vida normal. En la mayoría de los casos examinados, las secuestradas (hay predominio de mujeres) son anormales o alienadas a quienes su familia intenta ocultar a las miradas ajenas. Otras aceptan por amor la existencia sórdida que su marido o su amante les dispensa, hasta que un día las encuentran con el pubis rasurado y el cuerpo acribillado de equimosis, tal como le sucedió a Rose-Marie Focan, muerta a los veintiún años a consecuencia de los golpes recibidos. Así pues, víctima y verdugo son cómplices, y las torturas sexuales (quemaduras en los pechos, pinchazos, flagelación) que acompañan al secuestro son aceptadas de buen grado. La complicidad sadomasoquista incita a la víctima, siempre dispuesta al «sacrificio», a ocultar su estado de servidumbre en su entorno inmediato. Sin embargo, esta relación deja de funcionar cuando el verdugo se cansa de golpear o siente deseos de cambiar de pareja. A veces, la mujer tarda dieciocho años en reaccionar, como aquella dama de Danneval, de la que Sébastien Rouillard pidió el divorcio a finales del siglo XVI:
«… Al ver violados la fe conyugal y el pudor del lecho nupcial, su resentimiento fue mucho mayor de lo que había sido mientras permaneció sacrosanta e inmutable. Y lo fue tanto que ese desconsuelo incrementó por otra parte la indignación de su marido, hasta el extremo de que hubiera podido considerársela como prisionera en una habitación, junto con su hija, privadas ambas de todas las comodidades que ofrece la vida, despojadas de todos los atavíos que se concedían a otros, y desprovistas de cuanto les era necesario para su uso y disfrute… Y su marido, pervertido por las malas compañías, se entregó a infligirle un sinfín de excesos, ultrajes y contusiones en muchas partes del cuerpo, según testificaron los cirujanos.»

 

Las mutilaciones
Las mutilaciones y torturas destinadas a incrementar el goce son tan abundantes que su enumeración resultaría fatigosa. La circuncisión, la subincisión de la verga o la infibulación del prepucio son moneda corriente en los pueblos que temen la impotencia o un imaginario encogimiento del pene. Según sus creencias, los dioses del mal o los sortilegios pueden provocar en cualquier momento la castración o la desaparición mágica de los genitales. Antiguamente, los chinos utilizaban una balanza de boticario para evitar que el miembro se retrajese por completo, y los bahiraguis de la India se ataban al pene un enorme peso que arrastraban con ellos. Todavía se llevan a cabo numerosas prácticas de este tipo con la finalidad de provocar la excitación. Entre ellas cabe mencionar las incisiones, las escarificaciones y la introducción de agujas en la uretra y de cuerpos extraños en el ano. Sin olvidar los pinchazos en los testículos (que, a la larga, quedan más duros que un pergamino antiguo) y los cortes en el escroto a los que tan aficionados son los amantes de las armas blancas y los cuchillos.
Los individuos pervertidos por el ejemplo o la fantasía no se conforman con estas prácticas un tanto extrañas. Buscan la compañía de un ser muy diferente, aunque complementario, que pueda satisfacer sus aspiraciones masoquistas o sádicas. Por otra parte, llegado el caso ambas tendencias se imbrican y completan, tal como pone de manifiesto este pasaje extraído de las obras de Coelius Rhodiginus, en el que ya no se sabe si se busca la voluptuosidad en sí misma o una puesta en escena apropiada:
«No han transcurrido demasiados años desde la época en que existió un hombre de una lascivia que no sólo se aproximaba a la del gallo, sino que llegaba a un exceso tal que hubiera sido difícil de creer, a no ser por el testimonio de personas dignas de crédito. Cuantos más vergajazos recibía, más ardoroso se mostraba en la acción. Y lo más extraño es que no era posible decidir qué deseaba con mayor avidez, si el látigo o el coito, aunque siempre parecía que su placer aumentaba con los golpes. Así pues, rogaba con insistencia que le azotaran con un látigo que mantenía todo el día sumergido en vinagre. Y si el azotador lo trataba demasiado delicadamente, se enfurecía y le cubría de insultos, sin que considerase nunca que había recibido demasiado hasta que no manaba sangre.
»Fue, si no me equivoco, el único hombre que haya sufrido al mismo tiempo el pesar y el goce del placer, puesto que a través del dolor sentía cosquilleos agradables y, por este medio, saciaba o inflamaba la desazón de la carne. Pero lo más sorprendente es que no ignoraba la criminalidad de esta nueva especie de ejercicio, que se odiaba a sí mismo por ello y que lo combatía con todas sus fuerzas. Sin embargo, estaba tan acostumbrado a esta práctica que no podía prescindir de ella, aunque la desaprobara. La tenía tan arraigada en su corazón desde la infancia, cuando se abandonaba al placer de la carne con sus compañeros después de haberse excitado con los azotes, que le resultó imposible abandonarla nunca más» (citado por el abate Boileau, pp. 296-298).

BIZARRO, MONSTRUOSIDADES

Dolor y Voluptuosidad, Necrofilia

Necrofilia
Al hablar de este tipo de coleccionismo abordamos una nueva perversión instintiva, la necrofilia, cuyas variantes sádicas guardan relación con el tema que estamos tratando. Cabe entender —quizá con dificultad, pero de un modo razonable— que algunos criminales experimenten una sensación de voluptuosidad al matar en el momento de la unión sexual o inmediatamente después. Estaban tratando con un ser vivo sensible, capaz de experimentar un sentimiento de dolor y de manifestarlo. Los gritos, el llanto y los sobresaltos excitaban un ardor sexual que sólo conseguían calmar matando. En ocasiones, la disección aparecía como el corolario supremo de la carnicería, o como la conclusión del prurito. Ahora bien, según hemos visto ya, hay criminales que conservan algo de los restos de sus víctimas: Haarmann guardaba algunos huesos, Vacher y Jack el Destripador, una parte de los órganos genitales, y Gilles de Rays celebraba concursos de cabezas cortadas.
«Besaba a los niños muertos —confesó el 22 de octubre de 1440—, y a los que tenían la cabeza y los miembros más hermosos, los ofrecía a la contemplación, y llevaba su crueldad al extremo de hacer que les abrieran el cuerpo para deleitarse con la visión de sus órganos internos. Y lo más común era que, cuando los niños morían, se sentara sobre su vientre y se complaciera viéndoles morir, en medio de grandes risas…»
La flagelación, la disección y las quemaduras parecen juegos de niños comparados con estas fantasías que tienen la muerte como blanco y pasatiempo favorito. En estos casos, la excitación amorosa se basa en el recuerdo de un ser desaparecido del que se ha obtenido un fugaz placer. Así pues, ¿a qué matar, si el desmembramiento corporal basta para aplacar los sentidos, si la mera contemplación del cadáver excita la imaginación destructora y morbosa? Como muy bien ha observado Burdach, la lubricidad está más relacionada con la satisfacción de los sentidos que con el alivio de los testículos. Esta consideración encaja de maravilla con los necrófilos, entre los cuales debería incluirse a buen número de verdugos, y de aficionados a las emociones fuertes. En el pasado, en el depósito de cadáveres de París, «cuando cada cual había apurado su copa, la gente se dirigía a la sala principal y asistía al espectáculo que ofrecía el encargado, quien actuaba con la precisión del forense que practica las autopsias judiciales. Por ejemplo, hundía una aguja gruesa en el abdomen del cadáver, prendía fuego al gas mefítico que fluía por el agujero y, apagando las demás luces, lograba un efecto lumínico de lo más vistoso… Los cadáveres de varones eran los más apreciados. El cuerpo de un hombre que hubiera permanecido seis semanas bajo el agua ofrecía las mejores condiciones para el espectáculo: en lugar de practicarle la punzada en el vientre, como a las mujeres, le pinchaban en las partes sexuales, en medio del delirio de la concurrencia. Se hacían apuestas sobre la mayor o menor duración de estos fuegos artificiales tan peculiares y, así, los muertos divertían a los vivos» (Macé, Mon Musée Criminel, p. 108).
Los prostíbulos de lujo ofrecían a su clientela voluptuosidades de ultratumba… o cuando menos un anticipo de las mismas.
«La pasión de un alto dignatario eclesiástico, prelado in partibus que residía cerca de París, eran los cadáveres. Entraba vestido de seglar en su lupanar habitual y, una vez dentro, recuperaba su aspecto normal gracias a una sotana que tenían reservada para su uso exclusivo. Previamente, habían dispuesto para él una habitación tapizada enteramente de terciopelo negro tachonado de lágrimas de plata, donde una mujer empolvada de blanco, para imitar la palidez de la muerte, yacía inerte en la cama. Grandes candelabros de plata, con largas velas, iluminaban esta escena tenebrosa con un resplandor lúgubre. El prelado maníaco se arrodillaba a la cabecera de la cama y mascullaba palabras incomprensibles como si estuviera entonando un salmo fúnebre. En un momento dado, se abalanzaba sobre la seudodifunta, que tenía la orden de no realizar un solo movimiento pasara lo que pasase…» (Léo Taxil, La prostitutioi contemporaine, París, 1884, p. 171).
En más de una ocasión, este simulacro dejó de serlo y se utilizó un cadáver auténtico. Según cuenta Herodoto (Libro II, cap. 89), en Egipto procuraban no entregar en seguida los cuerpos de las personas de rango a los embalsamadores. En épocas posteriores, vigilantes de cementerios, guardianes de las aulas de anatomía y «plañideros» pervertidos mancillaron más de un cuerpo confiado a su custodia. Victor Ardisson, el «vampiro del Muy», llegó a ser un experto en este tipo de ejercicios. Enterrador de profesión, absolutamente amoral de vocación y, por añadidura, anósmico, abusó de un centenar de vírgenes, matronas y ancianas, parte de cuyos restos conservaba. Incluso mantenía conversaciones —o más bien monólogos— con las muchachas que desenterraba.
«Me enteré —nos cuenta en una especie de confesión espontánea— de que una joven en la que me había fijado estaba gravemente enferma. Esta noticia me causó un gran placer y me juré poseerla cuando estuviera muerta. Tuve que esperar varios días, con gran impaciencia por mi parte. Día y noche, aquella joven se me aparecía viva, y cada vez que sucedía esto tenía una erección.
»Cuando supe que había muerto, pensé en exhumarla la misma noche de su entierro… Me satisfizo tanto que me oriné sobre el cadáver, y luego decidí llevármelo a casa. Durante el trayecto, abrazaba el cuerpo y le decía: “Te llevo a casa. Allí estarás bien, no te haré ningún daño”… Hasta el momento de mi detención, pasé todas las noches con ella. Durante todo ese tiempo no se produjo la muerte de ninguna muchacha. En caso contrario, habría llevado también el cadáver a mi casa. Lo hubiese acostado junto al otro y los hubiera acariciado a ambos. No olvidaba la cabeza cortada (de una chiquilla) y, de vez en cuando, iba a besarla.»
Como a Vacher, y como a tantos otros, a Ardisson le dedicaron una «copla». He aquí un fragmento:

Semejante monstruo de sadismo, no ofrece el menor interés.

Aunque se invoque el atavismo, es culpable sin vacilación.
¡Violar a los vivos ya es despreciable!
Pero violar cadáveres
es todavía más espantoso.
Por eso están tristes los franceses,
¡porque los franceses respetan la muerte!
Imaginar que un cadáver pueda hablarnos, respondernos y experimentar alguna voluptuosa sensación a nuestro contacto, es síntoma de locura y de una grave desviación de la conducta. También lo es creer que ese cadáver pueda sufrir cuando lo desmembramos con más voluptuosidad de la que experimentaríamos violándolo. El impulso de descuartizar que sentía el sargento Bertrand, tenía su origen en un sadismo precoz y en las mutilaciones infligidas a los animales. Procedente de una familia acomodada, hombre apuesto y seductor, con incontables destinos en diferentes guarniciones, Bertrand sólo experimentaba auténtico placer cuando desarticulaba cadáveres que desenterraba de las tumbas con sus propias manos.
«… La primera víctima de mi pasión fue una joven cuyos miembros dispersé después de haberla mutilado. Esta profanación tuvo lugar el 25 de julio de 1848… Lo demás sucedió en un cementerio donde se da sepultura a los suicidas y las personas muertas en hospitales. El primer individuo que exhumé en este lugar fue un ahogado al que sólo le abrí el vientre… Hay que subrayar que nunca he podido mutilar a un hombre, casi nunca los tocaba, mientras que cortaba a una mujer a trozos con un placer extremo. No sé a qué atribuir este hecho… Al principio, me entregaba a los excesos de los que he hablado cuando estaba un poco bebido, pero más adelante ya no tuve necesidad de excitarme con la bebida; cualquier contrariedad bastaba para impulsarme al mal.
»Por lo que he contado, podría creerse que también me sentía inclinado a hacer daño a los vivos. Pero, muy al contrario, era sumamente afectuoso con todo el mundo y no habría podido hacer daño a un niño. También estoy seguro de no tener un solo enemigo; todos los oficiales me apreciaban por mi franqueza y mi amabilidad» (fragmentos de una nota redactada por Bertrand).
El hombre es un monstruo. No sólo se ensaña con animales inocentes, con sus compañeras, con su descendencia, sino que llega a recurrir a los cadáveres para aplacar una insaciable sed de placer. Su deseo no conoce ni lugar, ni hora, ni estación. Sufre su tiranía del mismo modo que sufre la de una violencia que le conduce a la tortura y las depravaciones. Eros está más unido que nunca a Thanatos. Para que nos hablen luego de los buenos salvajes, del imperativo categórico, de la moral innata…

BIZARRO

LOS FUNERALES

FUNERALES Los antiguos juzgaban tan importantes las ceremonias fúnebres, que inventaron los dioses manes, para velar en las sepulturas. Encuéntrase en la mayor parte de los escritos rasgos chocantes que nos prueban cuán sagrado era entre ellos este último honor que el hombre puede hacer a otro hombre. Pausanias cuenta que ciertos pueblos de la Arcadia, habiendo muerto inhumanamente a algunos jovencitos que no les hacían ningún mal, sin darles otra sepultura que las piedras con que les habían muerto, y sintiéndose a poco atacadas sus mujeres de una enfermedad que las hacía abortar, consultaron a los oráculos, los cuales mandaron enterrar a toda prisa a los niños que tan cruelmente habían privado de funeral. Los egipcios honraban sumamente a los muertos. Uno de sus reyes, viéndose sin heredero por la muerte de su hija única, nada perdonó para tributarla los últimos honores y procuró inmortalizar su nombre depositándola en la más suntuosa sepultura que fue dado imaginar. En vez de mausoleo le hizo construir un palacio y mandó encerrar el cuerpo de la joven princesa en una madera incorruptible que representaba una becerrilla cubierta de planchas de oro y vestida de púrpura. Esta figura estaba de rodillas llevando entre sus cuernos un sol de oro macizo, en mitad de una sala magnífica y rodeado de braserillos en que ardían continuamente los perfumes más suaves. Los egipcios embalsamaban los cuerpos y los depositaban en lugares magníficos, los griegos y los romanos los quemaban, cuya costumbre es muy antigua y debe parecer más natural que todas las otras, puesto que vuelve el cuerpo a los elementos y no produce las epidemias que frecuentemente ha causado la conservación de los cadáveres.
Cuando un romano moría, le cerraban los ojos para que no viese la aflicción de los que le rodeaban; cuando estaba sobre la hoguera se los volvían a abrir para que viese la belleza de los cielos que le deseaban por morada. Por lo común, se mandaba hacer en cera mármol o piedra la efigie del difunto, y esta figura seguía a la comitiva fúnebre rodeada de plañideras pagadas.
En muchos pueblos del Asia y Africa, en los funerales de un hombre rico y de alguna distinción, se degüellan y entierran con él cinco o seis de sus esclavos. Entre los romanos, dice Saint-Foix, se degollaban también algunos vivos en honra de los muertos, haciendo combatir algunos gladiadores ante la hoguera, y a este degüello se daba el nombre de juegos funerarios.
En Egipto y en Méjico, dice el mismo autor, se hacía siempre marchar un perro a la cabeza de la comitiva fúnebre. En Francia también se ven perros al pie de los antiguos sepulcros de los príncipes y caballeros.
Entre los persas cuando alguno moría se exponía su cuerpo en campo libre a la voracidad de las fieras; el que más presto era devorado, era el que más bien colocado estaba allá arriba; y era muy mal agüero para la familia cuando las fieras no querían comer el cadáver, por juzgar que debía de ser por precisión muy malo el difunto. Algunas veces los persas enterraban los muertos, y aun se encuentran en aquel país restos de sepulcros magníficos que lo atestiguan.
Los partos, los medas y los iberos exponían los cuerpos como los persas para que fuesen lo más pronto posible devorados por las fieras, pues creían que no había nada más indigno del hombre que la putrefacción. Los bastrianos alimentaban a este fin enormes rros que cuidaban muy bien, y se gloriaban de mantenerlos gordos, como otros pueblos de construirse soberbios sepulcros.
Los barceanos hacían consistir el mayor honor de la sepultura en ser devorados por los buitres, de modo que todas las personas de mérito y los que morían combatiendo por la patria, eran inmediatamente expuestos en los lugares adonde solían acudir los buitres; los cadáveres de los plebeyos se encerraban en sepulcros, reputándolos por indignos de tener por sepultura el buche de las aves sagradas.
Muchos pueblos del Asia se habrían creído culpables de suma impiedad si hubiesen deja. do pudrir los cuerpos, y así luego que moría uno de ellos, le hacían pedazos y se lo comían con gran devoción con sus parientes y amigos, con lo que le hacían los últimos honores. Pitágoras enseña las metempsicosis de las almas, haciendo pasar el cuerpo de los muertos al de los vivos.
Otros pueblos, tales como los antiguos hibernienses, los bretones y algunas naciones asiáticas, hacían todavía más por los ancianos porque los degollaban al cumplir los setenta años y los servían igualmente en un banquete; aún se practica esto en algunas naciones sal. vajes. Los chinos hacen publicar el convite para que el concurso sea más numeroso. Hacen marchar delante del cuerpo los estandartes y banderas, luego músicos seguidos de baila. rines vestidos con trajes extraños que saltan durante el camino con gestos ridículos. Siguen a éstos algunos hombres armados de escudos, sables y largos palos nudosos, y luego otros con armas de fuego con las que están haciendo continuas descargas. Detrás de éstos van los sacerdotes gritando con toda la fuerza de sus pulmones, acompañados de los parientes, que mezclan a estos gritos lamentos espantosos, y el pueblo cierra la comitiva vociferando también muy a su sabor. Esta música endiablada y esta mezcolanza burlesca de músicos y danzantes, de soldados, de cantores y lloronas dan mucha gravedad a esta ceremonia.
Sepúltase el muerto en un féretro precioso, formado principalmente de oro y plata y se entierran con él, entre muchos objetos, imágenes horribles, para que sirvan de centinela al difunto contra los demonios; después de lo cual se celebra el fúnebre banquete, en el que se invita de cuando en cuando al difunto a comer y beber con los convidados.
Los siameses queman el cuerpo y colocan alrededor de la hoguera muchos papeles en que están pintados jardines, casas, animales, en una palabra, todo cuanto puede ser útil y agradable en la otra vida. Creen que estos papeles quemados se convierten real y verdaderamente en lo que representan durante los funerales del difunto. Creen también que todos los seres de la naturaleza, sean los que fueren, ya un vestido, una flecha, una hacha, un caldero, etc., tienen un alma, y que esta alma sigue en el otro mundo al dueño a quien pertenecía en éste.
La horca, que tanto horror nos inspira, se la tiene en aquellos pueblos por tan honrosa, que sólo se concede a los grandes señores y soberanos. Los tiberianos, los godos, los suecos, colgaban los cuerpos de los árboles, y los dejaban desfigurar así poco a poco sirviendo de juguete a los vientos. Otros se llevaban a sus casas los cuerpos disecados y los colgaban del techo como mueble de adorno. Los groelandeses habitan el país más frío del mundo, y no se toman otro cuidado de los muertos que exponerlos desnudos al aire, donde se hielan y endurecen como piedras; luego, temiendo que dejándolos en el campo se les coman los ojos, sus parientes los encierran en grandes canastos que cuelgan de los árboles.
Los trogloditas exponían los cuerpos de los muertos en una eminencia, vueltos de espaldas los circunstantes, de modo que con su postura excitaban la risa de toda la concurrencia mofándose del muerto en vez de llorarle, tirábanle todos piedras y cuando le habían cubierto de ellas, plantaban encima un cuerno de cabra y se retiraban.
Los baleares dividían los cadáveres en pequeños pedazos y creían honrar al difunto, sepultándole en una gruta.
En ciertas regiones de la India, la mujer se quema en la hoguera del marido. Cuando se ha despedido de su familia, la entregan cartas para el difunto, piezas de lienzo, sombrerillos, zapatos, etc. Cuando acaba de recoger los regalos, pide por tres veces al concurso si le han de traer aún alguna otra cosa, o encargarla algo; en seguida lo envuelve todo en un lío, y los sacerdotes pegan fuego a la hoguera.
En el reino de Tunquin se acostumbra, entre los ricos, a llenar la boca del muerto de monedas de oro u plata, para sus necesidades en el otro mundo. Vístesele con siete de sus mejores trajes, y la mujer con nueve. Los gálatos ponían en la mano del muerto un certificado de buena conducta.
Entre los turcos se alquilan lloronas que siguen la comitiva, y se llevan refrescos junto a la tumba, para regalar a los pasajeros, a quienes se invita a llorar y dar gritos lastimeros. Los galos quemaban con el cadáver sus armas, vestidos, animales, y aun a aquellos esclavos que parecía preferir en vida.
Cuando se descubrió el sepulcro de Chilpe-rico, padre de Clovis, erigido cerca de Tournai, se encontraron monedas de oro y plata, escudos, garfios„ hilachas de ropa, el puño y la contera de una espada, todo de oro; la efigie de una cabeza de buey abierta en oro, la cual según decían era el ídolo que adoraba, los huesos, el freno, un hierro y algunos restos de los jaeces de un caballo; un globo de cristal, una pica, una hacha de armas, un esqueleto entero de hombre, otra cabeza gruesa que parecía ser la de un joven, y según indicios la del escudero que habían muerto siguiendo la costumbre, para que fuera a servir a su dueño al otro mundo.

Observábase antiguamente en Francia una costumbre singular en el entierro de los nobles; hacíase acostar en la cama de aparato que se llevaba en los entierros, un hombre armado de todas armas para representar al difunto. Encuéntrase en las cuentas de la casa de Polignac: Cinco sueldos dados a Blasa, por ‘haber  hecho de caballero muerto, en el entierro de Juan, hijo de Raudonnet Armand, vizconde de Polignac.
Algunos pueblos de la América enterraban los cadáveres sentados y rodeados de pan, agua, frutas y armas.
En Panuco, Méjico, eran tenidos los médicos por pequeñas divinidades, porque procuraban la salud, el más precioso de todos los bienes. Cuando morían no se les enterraba como a los otros y se les quemaba con regocijos públicos, bailando mezclados, alrededor de la hoguera, hombres y mujeres. Luego que estaban reducidos a cenizas, todos procuraban llevarse de ellas a su casa, las que bebían inmediatamente con vino, como preservativo contra toda especie de males.
Cuando se quemaba el cuerpo de algún emperador de Méjico, degollábase primeramente sobre su hoguera al esclavo que durante su vida había tenido el encargo de encender las luces, a fin de que pudiese servirle en lo mismo en el otro mundo. En seguida sacrificaban doscientos esclavos, entre hombres y mujeres, y con ellos algunos enanos y bufones para que en el otro mundo pudiesen servir a su dueño y divertirle. Al otro día encerraban las cenizas en una pequeña gruta abovedada, toda pintada por dentro, y ponían encima la imagen del príncipe, a quien de cuando en cuando hacían aún iguales sacrificios; porque al cuarto día de haberle quemado, le enviaban quince esclavas en honor de las cuatro estaciones, a fin de que fuesen para él siempre bellas; al vigésimo día le sacrificaban cinco, a fin de que toda la eternidad tuviera un vigor igual al de veinte años; a lossesenta, tres, a fin de que no sintiese ninguna de las tres principales incomoirdidades de la vejez, que son la languidez, el frío
y la humedad; finalmente, al fin del año, le sacrificaban nueve, que es el número más propio para expresar la eternidad y desearle un eterno placer.
Cuando los indios creen que uno de sus je. fes va a dar la última boqueada, se reúnen los sabios de la nación. El gran sacerdote y el médico llevan y consultan cada uno de por sí la figura de la divinidad, esto es, al espíritu bienhechor del aire y al del fuego. Estas figuras son de madera, primorosamente trabajadas y representan un caballo, un ciervo, un castor, un cisne, un pescado, etc. De sus contornos cuelgan dientes de astor, garras de oso y águila. Sus maestros se colocan junto a ellas en un lugar separado de la cabaña para consultar los, y por lo común existe entre ellos una rivalidad de ciencia, autoridad y crédito. Si no quedan de acuerdo sobre la naturaleza de la enfermedad, hacen chocar los ídolos unos contra otros violentamente, hasta que cae un diente o una garra, cuya pérdida prueba la derrota del ídolo de quien se ha desprendido, y ase- gura por consecuencia una obediencia formal a las órdenes de su competidor.
En los funerales del rey de Mechoacan, Ilevaba el cadáver el príncipe que el difunto había elegido para sucederle y la nobleza y el pueblo seguían al finado con grandes lamen. tos. Unicamente a medianoche y a la luz de las antorchas se ponía en movimiento la comitiva fúnebre, y llegada al templo daba por cuatro veces la vuelta a la hoguera, después de lo cual colocaba en ella al cuerpo llevando allí a los oficiales destinados a servirle en el otro mundo y a más siete de las más hermosas doncellas, una para encerrar sus joyas, otra para presentarle la copa, la tercera para lavarle las manos, la cuarta para darle el servicio, la quinta para guisar, la sexta para trinchar. y la séptima para lavar sus lienzos. Prendíase fuego a la hoguera y todas estas infelices víctimas coronadas de flores eran muertas a golpes de mazas y arrojadas a las llamas.
Entre los salvajes de la Luisiana, después de las ceremonias de los funerales, una persona notable de la nación, pero que no debe ser de la familia del difunto, hace su oración fúnebre. Cuando ha concluido, todos los concurrentes desnudos se presentan al orador, el cual con mano fuerte sacude a cada uno tres latigazos diciendo: “Acordaos de que para ser un buen guerrero como lo era el difunto, es necesario saber padecer”.
Los luteranos no tienen cementerio y entierran indistintamente a los muertos en un campo, en un bosque o en un jardín. “Entre nosotros, dice Simón de Paul, uno de sus más célebres predicadores, es muy indiferente ser enterrado en los cementerios o en los lugares en que se desuellan los asnos”. “¡Ay de mí!, decía un anciano del Palatinado, ¿será, pues, necesario que después de haber vivido honrosamente, tenga que estar después de muerto entre rábanos para ser eternamente su guardián?”
La hermosa Austroligilda obtuvo al morir del rey Goutran su marido, que haría matar y enterrar con ella a los dos médicos que la habían asistido en su enfermedad. Estos son los únicos, según creo, dice Saint-Foix, que se hayan enterrado en el sepulcro de los reyes, pero no dudo que muchos otros habrán merecido el mismo honor.

El mismo escrito refiere que en los tiempos en que los curas negaban sepultura a todo aquel que muriendo no dejaba algo a la parroquia, una mujer de avanzada edad y que no tenía nada para dar, llevó un día un pequeño gato por ofrenda diciendo que era de buena casta y que serviría para coger los ratones de la sacristía.

 

BIZARRO

Oui-ja, una Practica fascinante

Algunos concejos útiles para obtener resultados a la hora de utilizar tu Oui-ja:

Por supuesto que esta practica no es tan sencilla como parece, no basta con que los participante coloquen sus respectivos indices sobre la planchete  o plancha o en su defecto el vaso y esperen a que este se mueva. Es preciso  que se den unas cuantas condiciones basicas  que enunciaremos a continuacion.

En principio lo ideal es que sean de tres a seis participante . Con mas participantes se tiende a la dispersion psiquica y con menos no se genera la suficiente “energia” para que la plancha o el vaso se mueva hacia las letras o números con cierta autonomia.
Es indispensable que los participantes se encuentren lo mas relajados que sea posible. Relajados, No distendidos completamente. Son desaconsejables el uso de hachish, alcohol etc, ya que pueden dar a lugar a incoherencias en las respuestas o peor aun resultados desagradables.
Desechadas las tensiones, hay que desechar tambien los miedos, las fobias e incluso las filias excesivas hacia los Espiritus. Se aconsejaa quien quiera experimentar que se acerque a la mesa con actitud de quien va a una sala cinematográfica desconociendo  el argumento, el titulo y hasta los actores de la pelicula que van a proyectar uno no sabe para donde va ir la trama, por lo tanto no guarda prejucio alguno. En el peor de los casos un desencanto sin mayores consecuencias.
Como evitar los desencantos con la Ouija? Ante todo elige bien los compañeros para tu sesion. El se humano es una caja de resonancia del universo, pero el universo es tambien un receptor de las buenas y malas vibraciones de los hombres. Evite sentar a la mesa personas ansiosas, excesivamente deprimidas, neuroticamente incrédulas o por lo contrario fanaticamente credulas en los espiritus. Es interesante que los reunidos tengan una afinidad entre si, de armonia y que se conozcan minimamente.
Los Epiritus, pueden acudir a la mesa en culquier hora del dia o de la noche, en invierno o verano, haga frio o calor. Sin embargo , esta comprobado que los primeros momentos de la mañana o los últimos de la tarde son bastantes favorables y que la media noche es optima. Estamos en un mundo de vibraciones y, al igual que ocurre con las ondas hertzianas, las horas de mayor luminosidad crean “interferencia”.

Un ultimo consejo, borre de su mente cualquier idea fúnebre o negativa para dicha practica.

En nuestra proxima nota te contaremos como realizar preguntas utiles.

 

 

BIZARRO

Fotografia Post morten

La Fotografía de Difuntos fue una práctica muy extendida en el siglo XIX y básicamente, consistía en vestir al cadáver con sus ropas personales e inmortalizarlo solo o en un último retrato grupal, con sus compañeros, familiares o amigos. Esto, lejos de ser una práctica morbosa y macabra, eran imágenes con cierto aire nostálgico en una época donde la muerte, más allá de un suceso funesto, era visto como un acontecimiento espiritual, sumamente sentimental que se debía rememorar como parte del ciclo de todos los seres humanos.

En primer lugar debemos tener en cuenta que por “fotografía post mortem” en general se entiende toda aquella realizada tras el fallecimiento de un individuo, por lo que es un término que engloba campos tan diversos como la toma de imágenes forenses, el registro de disecciones o la documentación periodística, en algunos casos. Sin embargo, el objeto de este texto no son esas disciplinas, sino las imágenes post mortem tomadas como recordatorio familiar del fallecido, es decir, fotografías encargadas por particulares para su utilización o exhibición privada, en general, dentro del propio hogar. Con esto presente vamos a trazar una historia, muy breve, de un género que fue tan famoso en su tiempo como oscuro y olvidado hoy en día.

Te mostraremos en este articulo varias fotos reales pos morten de la epoca.

Lilith

BIZARRO, MONSTRUOSIDADES

Esqueletos de Vampiros encontrados en Bulgaria.

 

Sofía. (Dpa) – Arqueólogos han encontrado los esqueletos de dos vampiros de la Edad Media en la localidad búlgara de Sozopol, en la costa del mar Negro, según publicaron hoy medios locales.

Los dos hombres son considerados vampiros debido a que tenían una estaca clavada en su garganta, ha indicado el historiador Boshidar Dimitrov. El hallazgo tuvo lugar en un cementerio situado detrás de la iglesia ortodoxa de San Nicolás.

Los esqueletos encontrados en la antigua ciudad de Apolonia confirman lo que fue una práctica acostumbrada en Bulgaria hasta el siglo XX, la de clavar estacas de acero o madera en las gargantas de personas fallecidas que en vida eran consideradas malas con el fin de evitar que tras su muerte se conviertan en vampiros y aterroricen a los vivos.

Los restos mortales constituyen hoy por hoy una de las muchas atracciones turísticas de Sozopol.

En otra iglesia, la de San Jorge, se conservan unas reliquias atribuidas a San Juan Bautista encontradas hace dos años en una isla próxima a Sozopol.

La ciudad situada en una península pedregosa surgió de una antigua colonia griega.